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Elefante Blanco.

Elefante Blanco.

Elefante blanco. Director: Pablo Trapero. Intérpretes: Ricardo Darín, Jérèmie Renier y Martina Gusmán. Argentina, España, Francia. 2012. 110 min. Drama, thriller social.

La Argentina oculta al desnudo

Pablo Trapero recuerda la existencia de las villas olvidadas con un brillante thriller social

El director argentino vuelve a sacudir las telarañas de su país en tono reivindicativo. Las cosas que no se tocan (título de la canción principal de la película) y las que se esconden. Los conflictos que no se solucionan -y tampoco hay intención ni interés- y se obvian. Ya lo hizo en Carancho, que muestra el oscuro negocio que ronda a los accidentes de tráfico, o en El Bonaerense, que versa sobre la corrupción policial. Esta vez, Pablo Trapero construye su película en la Villa 31, una barriada de chabolas donde la pobreza y el narcotráfico conviven con la constante intervención policial. Dos universos incompatibles que tiñen de violencia el mundo oculto que rodea al ‘Elefante Blanco’.

En título de la película hace referencia al hospital que comenzó a construirse en el barrio de Villa Lugano, Buenos Aires, en 1937, que aspiraba a ser el más grande de América Latina. Sin embargo, tras el golpe de estado de 1955, el gigante edificio quedó abandonado. Ahora, es una estructura cadáver en el centro de Villa 15, la Ciudad Oculta, que en la etapa de la dictadura se intentó tapar con un muro para que los turistas que llegaban a la ciudad por el Mundial de Fútbol de 1978 no vieran la realidad de alrededor de 300 familias inexistentes para el gobierno argentino.

Hasta allí se trasladan los personajes principales de esta historia, Julián –un magistral Ricardo Darín que homenajea al Padre Mújica, asesinado por las fuerzas paraestatales durante su labor en la villa– y Nicolás (Jérémie Renier), que tras regresar de Centroamérica, se convierten en residentes del prometido hospital para llevar a cabo su apostolado y el trabajo humanitario. Junto a Luciana (Martina Gusmán), una joven asistente social –y quien cierra el triángulo protagonista–, lucharán día tras días para desenganchar a los jóvenes del paco o la droga de los pobres (la pasta base de la cocaína) y construir viviendas dignas.

Trapero, declarado no creyente, también pone en escena el debate interno a través Nicolás, que tras caer en las garras del deseo carnal en un arrebato de crisis de fe, trata de encontrar la fórmula para que su vocación conviva con el deseo de formar una familia con Luciana. En medio del thriller dramático, esta bonita historia de amor y pasión desenfrenada, sin que llegue a eclipsar el contenido social, aporta al espectador unos sutiles rayos de luz y lo rescata de un escenario desamparado y desolador –aunque no por ser una historia ficticia deja de ser una realidad- y hace que la tragedia atenúe su esencia.

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